martes, 25 de enero de 2022

Cada túnel engullía al tren como un monstruo marino. Sentíamos la salida como un renacimiento gozoso y vivificador.


 

Nanorrelato finalista en "Cuenta 140" de El Cultural. Tema: La luz al final del tunel.

UN LUGAR DISCRETO


En el congelador hay Manolo para rato. Dicho así suena a cuento bizarro. A antropofagia, qué se yo. Pero no, es más sencillo. Manolo viene aquí a jugar al póker. Juega y bebe, y tiene su propia provisión de cubitos de hielo. Si hay muchos, pues es que hay Manolo para rato. Los otros también tienen. Los otros son Andrés, y Benito; a veces Ortega o el Enano. Todos beben y juegan. ¿Y quién soy yo, quien esto narra? Pues nada más que el premio al ganador de la velada. Vaya…, habíamos dicho que este no era un cuento bizarro.

Semana 17 de "Relatos en Cadena". Frase de ninicio: "En el congelador hay Manolo para rato".

jueves, 20 de enero de 2022

ADALBERTO, INFIERNO Y PARAISO


         A los quince años, Adalberto leyó aquel libro sobre Suecia por el que supimos que por allá había expendedores de condones, baños de vapor y la costumbre de llevar a las novias a dormir a casa.

Encandilado, Adalberto decidió contestar el anuncio de Birgit, una chica de Kiruna, que pedía amistad con chicos españoles aficionados a la pesca. Aunque Albert (así firmó la carta) no tenía ni idea de sedales ni de carretes, pronto enseñó orgulloso las fotos de aquella vikinga rubia y exuberante como el más avezado pescador mostraría un gran salmón.

Tras varios años, la cosa fue avanzando, y quiso Bertín conocer a la bella. Lo hizo un otoño, cruzando Europa en trenes cutres. Lo primero que sintió al llegar fue frío, pues Kiruna era puro hielo ya en octubre, aunque en las fotos siempre hiciese sol. Lo segundo fue decepción, pues Birgit no era rubia y tampoco escultural, sino morena y con cara de esquimal.

Pero quiso Fortuna, ayudada por Diana, que surgiera entre ambos algo más que amistad. Algo tuvo que ver el calor compartido en la sauna del hogar.


Mi contribución al concurso de relatos Esta Noche te Cuento sobre el frío/los comienzos.

https://estanochetecuento.com/adalberto-y-su-sueno-dorado-toribios/


miércoles, 19 de enero de 2022

DON SANTIAGO


            Don Santiago era alto y escueto, y vestía camisas floreadas que nos recordaban a los turistas que empezaban a venir por entonces a ver la catedral. Vino como suplente la semana que la señorita Visi estuvo con una de las neuralgias que sufría cuando se le desbarataban los afectos.

Don Santiago no gritaba, ni nos amenazaba con hacernos comer las bolitas de papel que nos tirábamos usando un boli Bic por cerbatana. Solo daba una chupada al cigarrillo y nos miraba con sus ojos profundos, bajo las cejas negras y pobladas. Eso era suficiente para mantenernos en silencio entre las brumas y circunvoluciones del humo que iba extendiéndose por entre los pupitres, los armarios y la bola del mundo polvorienta.

Y es que don Santiago fumaba. Fumaba mucho. Entonces, por supuesto, no había ley alguna que prohibiera fumar en una escuela. Es más, fumar daba al maestro una prestancia de hombre versado y elegante que hacía a los discípulos desear cumplir años para poder adherirse a tan selecta práctica.

Fueron días novedosos los de aquella semana, lejos de la violencia maternal de doña Visi. Solo Virgilio, su sobrino, la echó de menos por su cese temporal en las funciones de encargado del orden. Ya no hacía falta que nadie apuntara a los que hablaban cuando don Santiago salía un momento hasta el estanco a comprar su paquete de Goya emboquillado, pues todos aguardábamos sentados y en silencio, por ese temor reverencial a su mirada.

Fumé el primer pitillo aquel verano, en los baños del cine, y me sentí como el Bogart que estaba en la pantalla. Durante décadas he fumado sin parar, sin ser consciente de que aquel profesor accidental tuviera algo que ver. Lo recordaba en cambio como aquel maestro misterioso al que no habíamos tenido tiempo de conocer del todo.

Fue hace unos años, esperando el autobús en una parada que no frecuento. Le reconocí a pesar de que sus cejas eran blancas y estaba aún más flaco que entonces. Arrastraba tras sí un carrito que al pronto creí de la compra. Cuando le saludé me contestó como si no hubieran pasado treinta años desde aquel breve encuentro. Me habló de la jubilación, del tiempo, de la edad y, llegado un momento, me señaló la bombona de oxígeno que llevaba tras él, como un testigo mudo y un poco entrometido. “El enfisema, ya sabes…”, me dijo. Y yo, que acababa de prender un Winston, lo tiré tras una breve calada vergonzante, como quien se deshace de algo viscoso o repulsivo. Y hasta hoy.

Don Santiago es mi maestro inolvidable, a pesar de la brevedad de nuestro trato. No en vano estuvo presente en mis pulmones tanto tiempo.

Relato para el concurso de Zenda "Maestros inolvidables"

#MaestrosInolvidables


SACRIFICIO

      La señorita Visi era santa y colérica; santa porque era buena y paciente con nosotros, colérica porque a veces hervía de santa indignación. Lo de la santa indignación nos lo decía cuando nos explicaba aquella escena en la que Cristo entra al templo dando zurriagazos a todo zurriburri. Así ella, cuando volvía de despachar con las madres en el vestíbulo y nos encontraba, al que más y al que menos, corriendo por la clase o tirando a los otros bolitas de papel, se transformaba y parecía echar rayos por los ojos, como el monstruo aquel enorme de la peli que luchaba contra King Kong y daba tanto miedo.

A la señorita Visi le gustaba oírnos cantar. “Si no es así no aprenden nada”, nos decía, y nos mandaba cantar la tabla del nueve, y luego las otras en descenso. También, llegado mayo, nos hacía rezar en clase el rosario, con todos sus misterios, gozosos o no, y la retahíla de ora pro nobis que nos sumía en un santo sopor, sobre todo si era primera hora de la tarde.

Visitación Sobrino, que así se llamaba la señorita Visi, tenía, no es broma, un sobrino, y además el susodicho venía a nuestra clase y era el encargado de mantener el orden cuando su señora tía se ausentaba. Virgilio, que así era su gracia, se encaramaba en la tarima y empezaba apuntando a los que hablaban, pero pronto era tal la zapatiesta que inundaba la pizarra con un “Toda la clase”, así torcido, de arriba hacia abajo, para empezar luego a borrar a los buenos. Primero, claro a los amigos, y luego a los que más chillaban diciendo “bórrame” a voz en grito. Así que, el remedio era peor que el mal y se repetían cada día los ataques de santa indignación y las escenas descritas más arriba.

Pero, Visi, tenía también su lado Jekyll y era paciente cuando explicaba los quebrados en la pizarra y cuando escribía muestras de caligrafía para que las copiáramos en nuestros cuadernos de papel milimetrado. Eso sí, le sacaban de quicio los borrones. Entonces aún escribíamos a pluma y era fácil apretar de más el palillero, o cogerlo con una postura inadecuada, y ya estaba allí la mancha oprobiosa que quedaba indeleble, a pesar del papel secante y del intento de rasparlo con la cuchilla del sacapuntas. No había piedad para el infame, que se veía obligado a pasear su delito por toda la clase y a repetir la hoja entera hasta que quedara tan inmaculada como la Virgen María, virgo potens, turris eburnea, mater castissima y demás.

Todo esto hubiera hecho de la señorita Visi una maestra de tantas, con sus luces y sus sombras, sus mieles y sus hieles, sus venga-guapo-que-escribes-muy-bien y sus ven-aquí-cínico-que-te-baldo. Pero lo que de verdad la hizo ser inolvidable fue un aciago suceso. Y es que la señorita Visi pasaba una tarde por el paso a nivel, camino del colegio, y la atropelló el expreso de Irún. Y es que, se supo luego, venía ensimismada porque don Cosme, un profe de Latín del Instituto Provincial de Enseñanzas Medias, la había rechazado. El choque fue brutal y quedaron por la vía dispersos los cuadernos que había estado corrigiendo. Aún guardo una hoja con un manchón de tinta en medio y la sentencia en rojo: “¡¡repetir!!”, mezclada con su sangre.



Concurso de relatos Zenda: Maestros inolvidables.

                                       #MaestrosInolvidables