Microrrelato enviado a "Relatos en Cadena".
Ya estoy en casa, dice siempre con su voz cantarina cada vez que entra por la puerta. Luego se pone a cocinar y me cuenta sus problemas, o la ilusión que le hace tener un ordenador nuevo en la oficina. Hay días en que ese “ya estoy en casa” es menos jovial, como si hubiese ido perdiendo brillo al paso de las horas, pero todo vuelve a la normalidad al día siguiente. Hasta aquel lunes en que no dijo nada y abrió varios frascos. Claro que me hubiera gustado impedirlo, pero me está prohibido intervenir en esos casos.
Ya estoy en casa y Elías sigue sin llegar. Me dijo: “Tomo un vaso y enseguida voy, ratita”. Me llama siempre así cuando pretende ser simpático o cuando quiere hacerse perdonar. Un vaso. Si fuera solo uno… Y sabiendo que no debería, que siempre acaba mal. “Ratita, no me digas lo que tengo que hacer”. Y gritos, y peleas. Le estoy esperando y sigo sin oírle llegar. Y va para diez años. “Un carro de fuego”, decía siempre él, “ratita”. Y claro, yendo en llamas no vio al tráiler que lo arrolló. Y va para diez años y… cincuenta minutos.
Relatos en cadena, la SER.
Íbamos a veces. Cogíamos en la estación el tren de mediodía. No tardábamos mucho en llegar. No como cuando íbamos a visitar a la otra, la materna, que nos pasábamos cuatro horas en un convoy, soportando ventanillas traqueteantes y silbidos prolongados. La madre de mi padre vivía cerca, pero me daba tiempo; de aquella yo fantaseaba mucho con los límites. Las líneas rectas y los colores planos de un Kandinsky, en el cristal, y los pájaros haciendo de fusas en silencio. Las montañas señalaban el norte. Había parada en Cuadros, justo cuatro minutos. Me hacía gracia el nombre impreso en baldosines. Me imaginaba un trazado de cuadros de ajedrez, con sus calles trazadas a cordel. Banderín verde, la máquina cerraba la cremallera de los campos. A un lado había espigas amarillas, al otro la arboleda sombreando el reguero. Las hebras de humo tenían pincelada impresionista. De repente chirriar de frenos. Bajábamos a un andén muy diferente al que pintara Monet en Saint Lazare. La abuela nos esperaba vestida de negro intenso, con el mantel holandés de bordados, y aquella luz.
“Qué gusto da verlo todo recogido”, dijo mamá osa. “Desde hace un tiempo, es como si un duendecillo del bosque nos hiciese de chacha gratis”, apuntilló papá oso. “Y qué bien lava los platos y las tazas”, dijo pizpireto el osito. La verdad es que eran una familia muy desordenada. Siempre salían a pasear por las mañanas dejando la mesa perdida de restos de polenta y de miel. Ricitos les estaba viendo ahora desde fuera, a través de una rendija del postigo. “Saben hablar, nos harán de oro”, le dijo al oído al empresario mientras preparaba los dardos paralizantes.